Por Pedro Alfonso Sánchez
Cortadito News – 23 de Enero del 2026
La crisis en Cuba ya no se mide en estadísticas, sino en el olor a gasolina quemada que se cuela por las ventanas cuando el generador vecino arranca… o en el silencio de las neveras vacías que llevan semanas desconectadas. Enero de 2026 ha traído una presión inédita: con la caída de Nicolás Maduro, desapareció de golpe el último grifo de petróleo subsidiado que sostenía, aunque fuera a gotas, la maquinaria estatal cubana.
Sin ese combustible, el sistema eléctrico —viejo, oxidado, mantenido con alambres y esperanza— colapsa. En La Habana, los apagones superan las diez horas diarias; en el oriente, rozan las veinte. Hospitales improvisan con velas, escuelas suspenden clases, y cocinar se convierte en un acto de ingenio.
¿Estamos ante el principio del fin? Más bien… ante un precipicio muy bien iluminado.
El gobierno, por primera vez en años, no niega la gravedad. Miguel Díaz-Canel ha admitido en discursos públicos que “la situación es crítica”, y el Comité Central del Partido Comunista decidió posponer indefinidamente su congreso programado para abril. Priorizan, dicen, “resolver lo urgente”. Pero lo urgente ya no cabe en un comunicado.
Esto me recuerda a los días posteriores al 90, cuando el mapa geopolítico cambió de la noche a la mañana… bueno, da igual. Lo cierto es que hoy no hay URSS que mande trigo, ni Venezuela que envíe crudo.
Desde Washington, la presión crece. La administración Trump ha declarado abiertamente que “Cuba looks like it's ready to fall” y moviliza contactos dentro de la isla para explorar una transición antes de fin de año. Medios como Reuters y el Wall Street Journal reportan que EE.UU. prepara medidas para bloquear incluso los últimos envíos de combustible desde México, mientras senadores como Marco Rubio y Rick Scott insisten en que el régimen “se desmorona bajo su propio peso”.
¡Uf!
Aunque el aparato represivo sigue intacto —y las Fuerzas Armadas leales—, la combinación actual es distinta: economía en caída libre (más del 11% de contracción acumulada desde 2020), éxodo masivo (más de un millón de cubanos han salido en tres años), y una población agotada por el hambre, los mosquitos del dengue y la incertidumbre.
Los mercados de predicción reflejan esta tensión: Polymarket asigna entre 19% y 65% de probabilidad a que Díaz-Canel sea removido antes de junio. No es certeza, pero sí señal de alarma.
Y aquí está el núcleo: la crisis en Cuba ya no es solo energética ni alimentaria. Es existencial. El turismo, antes salvavidas de divisas, apenas levanta cabeza. Las exportaciones son fantasmas. Y sin aliados reales —ni siquiera Rusia o China parecen dispuestos a llenar el vacío venezolano—, el margen de maniobra se reduce a parches y promesas.
Noviembre de 2026 podría ser la fecha límite. Coincide con las elecciones intermedias en EE.UU., un momento en que la Casa Blanca podría decidir actuar… o retirarse. Si para entonces los apagones siguen, si las protestas locales se coordinan, o si aparece una grieta en el ejército, el desenlace podría acelerarse.
Por ahora, las autoridades del MININT mantienen el orden con mano firme, pero también con nerviosismo. La denuncia ciudadana —aunque arriesgada— ha aumentado, y la vigilancia internacional no afloja.
La crisis en Cuba ha dejado de ser un asunto doméstico. Es un rompecabezas global donde cada pieza cuenta: desde un apagón en Holguín hasta una llamada diplomática en Washington.
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